En tiempos de pandemia y miedo, nos organizamos, nos cuidamos.
Otros contagios

Lxs vecinxs se organizan, se cocina desde abajo, se improvisan recetas, recursos, redes, espacios para respirar, viajan kilos en autos solidarios y en bondis, la harina se transforma en pan y el poroto en guiso. Compartimos el registro de algunas ollas populares realizadas durante la semana pasada organizadas por Colectivo Trans Uruguay, AUTE, vecinxs de Ciudad Vieja y entrega de viandas sindicales elaboradas por AEBU, FANCAP y SUPRA en el asentamiento 19 de abril en Nuevo París.

Fotografías por rebelArte
Licencia: Creative Commons

Nos intentan convencer de jugar a ser policías de nosotrxs y de lxs otrxs y asciende a miles no sólo el número de infectadxs, sino también el número de despedidxs, los pesos que no entran, la cantidad de policías que nos vigilan para asegurarnos confinadxs.

Mientras lo anterior pasa hay mucha gente que está intentando entender cuál es esta nueva forma de organizarnos desde el aislamiento o semi-aislamiento, según el caso, para activar acciones solidarias necesarias en esta crisis pandémica.

Hay mucha gente que a pesar de correr el riesgo de ser señalada, parada por la policía, penalizada por violar la cuarentena, está dispuesta a salir y organizarse para paliar el hambre y las necesidades que se agudizan para miles de personas desde el comienzo de este #QuedateEnCasa (aunque no la tengas).

Más que nunca la situación nos pide repetir y fortalecer una creencia que es también un deseo: la gente se organiza y lucha por lo que es justo socialmente. Y todes somos la gente.

Vemos como las ollas populares, merenderos, colectas, canastas y otras acciones solidarias han empezado a brotar y multiplicarse cual Covid19.

Porque cuando el jornal y el salario paran, la olla se vacía. El hambre no sabe de cuarentenas. Sabe de pan, de dolores, de escasez pegando en los cuerpos.

Las ollas se racionan, las comidas se estiran en el día para que den para la noche. Toda miga se comparte.

En la TV y en las redes nos informan sobre cuidados: lavados de manos, alcoholes, tapabocas y salud, pero para muchxs cuidarse es comer, y el resto si se puede. Cuidarse es compartir el pan para que haya un poco para todxs; es repartir el hambre para que sea menos para cada unx.

Los comunicados oficiales no llenan la panza, las canastas no alcanzan o no llegan: lo que entra y sale de nuestro cuerpo es un problema colectivo. Eso que llaman “social”.

Lxs vecinxs se organizan, se cocina desde abajo, se improvisan recetas, recursos, redes, espacios para respirar, viajan kilos en autos solidarios y en bondis, la harina se transforma en pan y el poroto en guiso. Pasan platos de manos en manos enjabonadas, enalcoholadas, enguantadas.

A veces decir “crisis económica” suena demasiado abstracto y general, pero en seguida se llena de rostros que los informativos no muestran. Las urgencias negocian entre sí, se agolpan en filas sin metro y medio de distancia, piden bis, piden y dan, no comparten la cuchara.

Es tiempo de urgencias y de tareas imposibles: abrir la olla y tapar la boca; reducir las salidas cuando el afuera está en llamas.

Reinventamos sin contacto físico aquello de que nadie suelta la mano de nadie. Las manos de las familias que se quedan sin laburo ni sustento, las manos de quienes venían llevándola más o menos y ahora nada. Inflamos salvavidas para no ahogarnos en las lagunas estatales y en las lagunas mentales. El desierto afectivo no será lo que nos atrape.

La esterilización de nuestra solidaridad se mancha de salsa y de tuco, ya no es estéril, nunca lo fue.

Aprendimos del pasado - del lejano de las guerras y del cercano del 2002 - que la comunidad es incontrolable porque es auto organizada; y que el guiso está, casi siempre está.

Que esté. Que siga estando.

Texto: Lucía y Carolina.

Publicado el 4 de abril de 2020
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